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Relato

El Flaco Facundo: “Un Frío Feriante”

En 1971 nació el sexto hijo de un matrimonio pobre, concebido de encuentros sexuales grises, carentes no sólo de elementos materiales, sino también de decoro y en más de una oportunidad, de privacidad y consentimiento. Un bebé al que llamaron Facundo, en una choza casi de cartón, entre las pilas de arrugadas ropas que, manchadas por la constante humedad del ambiente, servían de barrera para que duerman sin caerse del colchón los neonatos infantes. La morada era tan pequeña para la numerosa familia que debía salir alguien si querían que entre el sol. Apodado “Ramita” por sus delgadas piernitas, pasó su infancia jugando en un basural. Sin asistir siquiera a la escuela a la que la comunidad suele construirle el peor imaginario social, el único oficio que aprendió fue el de busca, ya que vendía los metales que arrancaban junto a sus hermanos de los autos abandonados por el lugar.

En áridos desmontes linderos al basural de José León Suárez, donde hoy funciona un CEAMSE, mataban el tiempo los niños del barrio, algunos los que tenían la suerte de comer al menos tres veces por semana, jugaban a la pelota sin cesar, hasta la caída del sol o las temperaturas, según el momento del año. Pero Facundo no tuvo acceso, ni siquiera a ese popular divertimento, no lo salvaron, ni la pasión por el fútbol, ni algún cazatalentos que quisiera invertir para después explotarlo. El juguete callejero se fue volviendo rabioso en la proporcional medida en que crecía su cuerpo, ya en su adolescencia no era suficiente esperar a la carroña del robo de otros y conformarse con los resabios de un auto quemado a medio apagar. “Ramita”, ya no aspiraba Poxirrán de vez en cuando, no tragaba más saliva al recibir la ropa que en donaciones de Cáritas conseguía su mamá, esas de gastado algodón, o deformado modal. Camisas de difuntos que le quedaban enormes. Entonces comenzó a querer cosas, y entendió que las debía conseguir por sí mismo. Para peor, al compararse con los demás, con aquellas personas elegantes que observaba en el centro, en sus tantas escapadas con el tren, se enardeció más y más.

En una ocasión, la bronca contra el mundo lo llevó a entrar de madrugada a robar el motor que accionaba el bombeador de agua de un vecino, no solo obtuvo de souvenir una bala calibre 22 caminando por su pierna, sino que sus padres debieron mandarlo con sus abuelos entre los montes tucumanos para evitar su linchamiento. Allí donde solo iba algún que otro verano cuando el azar lo agraciaba y le tocaba alguno de los pasajes que mandaban para ver a sus nietos, tuvo un impasse en su violenta crianza, la dulzura de su abuela fue más efectiva que los cintazos de su alcohólico progenitor. La única persona sobre la faz de la tierra que lo había mirado a los ojos para transmitirle confianza en sí mismo, era doña Petrona, con cada mandado bien realizado, ella le festejaba su cumplimiento como un gran logro y Ramita sonreía oficiando por al menos unos instantes algo de inocencia en su niñez. Las labores rurales y su pacífico entorno, fueron la estaca que intentó enderezar el crecimiento de Facundo, que más que Ramita ya empezaba a ser árbol y con promesas de cambio lo hicieron regresar a Buenos Aires. —Prométeme, mijito, que vas a estudiar, aunque sea de noche, con los adultos —. Le dijo la abuela al despedirlo en la terminal de ómnibus del pueblito. — Vos podés, muchacho y si no entrá a una fábrica que trabajar no es deshonra, pero aléjate de la mala junta eh — agregó don Emilio su abuelo. Ramita, había quedado atrás, “el flaco” como le decían ahora, renovado asintió con la cabeza al pedido de sus abuelos y con ojos vidriosos abordó el micro que lo transportó de regreso a la gran ciudad.

Así creció el flaco Facundo, como también lo apodaban en el Mercado Central, cada mañana pasaba frente a la puerta de un colegio y en ocasiones cuando el colectivo se detenía por el semáforo, con mucho esfuerzo leía deletreando el cartel que rezaba: “centro de estudios nocturno de 18 a 22 h”, juraba pasar a la vuelta, pero su espalda partida de bajar cajones y hombrear bolsas solo le pedía tomarse un vino e ir a dormir.

Ya pasando sus veinte años entró a noviar, el amor fue otro impulso para cambiar de vida, pero pese a que no había vuelto a la delincuencia, se perdía en las drogas y el alcohol. Resultaba difícil construir una familia o proyectar algo con un hombre así, pero la chica estaba ciegamente enamorada y se aventuró a intentar cambiarlo, en vano se desdibujó a sí misma yendo a buscarlo al boliche en innumerable cantidad de ocasiones. Facundo repetía siempre el mismo repertorio: primero la maltrataba para seguir en la juerga, pero al otro día le lloraba de rodillas, suplicando que lo perdonara, ambos eran protagonistas principales de una tóxica historia de amor.

Arrimando a los 27 años, de milagro seguían juntos, pero repitiendo historias. Ambos que venían de la miseria, en la miseria persistían, pero gracias a las milagrosas pastillas anticonceptivas aún no se habían reproducido. El flaco consiguió trabajo en un frigorífico, junto a otros hombres rústicos y sin educación, personajes hoscos que ante cualquier mirada que consideraban extraña, cuan perros te tiraban un tarascón. En ese ambiente se movía como pez en el agua y hasta experimentó algo de lo que podría llamarse amistad, ya que al terminar la faena se reunían en el bar de enfrente a tomar unos tragos y alivianar así algo de la dureza de sus historias de vida.

El problema era que Facundo entre los miles de defectos de su personalidad, o aspectos sin pulir, debido a su nulo contacto con la familia, escuela o religión, la fibra más sensible para sus enojos o reacciones violentas, era el hecho de saberse o sospecharse tomado por tonto, o que le sacaran algo de lo poco que en la vida había logrado tener. Un compañero nuevo, apodado “toro” que había llegado al frigorífico hace poco, se encargó de armar un cartel imaginario acerca de su prontuario delictivo y de su paso por la cárcel, por lo que se dio rienda suelta para amedrentar a varios de sus compañeros, confrontándolos a los más viejos y a viva voz, con cara descubierta sacarle sus pertenencias. Facundo lo tenía entre cejas y estaba esperando que atinara a tocar sus cosas para ponerlo en su lugar.

Aquella tarde notó algo extraño al llegar a su rancho, su madre se encontraba tomando mates con Lucía su mujer, pero más sorprendido estuvo al ver rostros de preocupación. Primero preguntó a qué se debía la visita, siendo que hace meses no se veían y ellas no se llevaban muy bien, luego preguntó también por el motivo de las largas caras. Les respondieron a las dos preguntas con una sola noticia: la longeva Petrona ya no respiraba, había muerto. Una enorme tristeza invadió al flaco, que muy enojado salió golpeando hasta la puerta enclenque, improvisada con tejido de alambre olímpico que oficiaba de salida a la calle.

Nuevamente Lucía lo fue a buscar al antro, esta vez una losa abandonada y tomada por personajes oscuros cuasi fantasmas para por vergüenza y tal vez calefacción, ocultarse del abrigo de la luz y consumir su vida con sustancias sobre orinados colchones y carcomidas mantas de frazada. Se acercó y le dijo: —No te voy a armar quilombo esta vez, pero ¿vos creés que tu abuelita quería esto para vos? Yo creo que no y la verdad es que, si elegís esto para tu vida y realmente estás convencido, yo me voy, acá te dejo los remos, flaco —. Se retiró de la construcción abandonada y pudo volver a respirar por la nariz. No alcanzó a doblar la esquina que escuchó el grito de Facundo que decía: — Pará, negra, no me abandones que me estoy quemando por dentro, solo me quedás vos —, abrió la palma de su mano y dejó caer al suelo una bolsita que contenía ácido. Aquella misma noche el flaco Facundo, se juró a sí mismo no volver a consumir, regularse con el alcohol para llevar adelante una vida más saludable, que dicho sea de paso eran los requisitos que Lucía le venía pidiendo para encarar juntos la búsqueda de un bebé.

Al día siguiente pasó por la escuela de adultos y solicitó una planilla de inscripción, no se anotó en el acto porque como debía traer fotocopias de sus documentos para el legajo, decidió entregar todo junto en una carpeta. Su mujer saltaba de alegría y decidió ocuparse de reunir las copias y el flaco se llevó las planillas para completarlas en su hora de descanso. Al cambiarse para arrancar con la faena de vacas, vio la foto de su abuela enganchada en la puerta de su casillero, tomó un vaso de cerveza, lo derramó en el percudido piso y pensó: “para vos abuela”. Se calzó las botas blancas y emprendió la caminata entre las reses colgadas de los ganchos vertiendo su sangre por las canaletas, de pronto no encontró sus cuchillas, en su lugar en cambio vio unas más viejas melladas y sin filo alguno, mirando a su alrededor exclamó, pero nadie lo escuchó, ya que todos se encontraban descuartizando a las difuntas vacunas ahora ya sin el cuero, tocó gritar medio nervioso: —Eeuu ¿quién agarró mis cuchillas? ¡No se hagan los boludos que acá cada uno trae sus herramientas! —Fui yo, ¿cuál es el drama?, ahí te dejé unos si no te gusta decime cómo lo arreglamos— le contestó “toro”, el maleante compañero nuevo. En ese momento, el flaco, no se achicó y corrió a recuperar sus cosas enceguecido y con la vista nublada, luego de darse golpes de todo tipo siempre a mano limpia, hasta que fueron separados por sus compañeros, y ante el grito del capataz con tono de autoridad, ambos frenaron aún con la respiración acelerada y la mirada asesina, Facundo perdió su atención para pensar por un instante en las sanciones que esta pelea le podía ocasionar, cuando de repente sintió el grito de uno de sus amigos que dijo: — ¡Cuidado, flaco, tiene una faca! —. En un microsegundo volvió a la acción y casi por acto reflejo lo esquivó con un salto de su delgado cuerpo y en un movimiento digno de torero, se acomodó, tomó un cuchillo del cinturón del compañero que lo estaba separando y se lo hundió a “toro” en el estómago, acariciando suavemente su páncreas, al mismo tiempo que observaba cómo se desvanecían sus sueños de alcanzar una vida mejor.

Como pétalos deshojados de rosales en medio de una tormenta de abril, se le caían las lágrimas cuando esposado lo llevaba la policía. Así fue como en una rencilla por un maltratado cuchillo, dio muerte a un marginal. La sombra del buzón y la humedad de las celdas, le aplacaron lo que le quedaba de espíritu. Al salir ya no fue el mismo, parco seco y de pocas palabras, no volvió a saber nunca más de Lucía, actualmente ya a sus 65 años, pasa sus días arriba de un carro de feria, entre el trabajo matutino y el alcohol nocturno, la cirrosis lo persigue al galope y aunque todavía viene zafando, ya está muerto y no se enteró. No hay sábado por la tarde en que no deje escapar casi como válvula de escape, alguna lágrima al cerrar la puerta del carro y leer la frase que, en fileteadas letras, todavía resistentes al óxido, rezaba:

“PERDONAME, NONITA”

Esta es la historia de un hombre solitario, la historia del flaco Facundo, un frío feriante, que cuando las borracheras le estiran la lengua, no hace más que repetir sentado en alguna plaza y con el cartón de vino en la mano, a cuanto joven se le cruce, aun cuando lo ignoran, él balbucea a gritos, una y otra vez elevando en progresivo su tono de voz: “estudie mijo, estudie, que estudiar no pesa más que una pala, estudiar te puede salvar de hacer de tu vida un verdadero infierno”.